De la piel del tomate

Acaso,  alguna vez no te has sentido

tan frágil que hasta el aire

más tibio de la tarde

pudiera herir de muerte tu garganta?

Tu corazón de todos y de nadie

escudriña en las rendijas

de un sosiego perdido en un ocaso.

No parece el humano muy fiable.

Los animales,  en cambio, te entregan

esas puestas de sol donde sonríen las nubes

y duerme panza arriba el vaticinio.

Nada pone en peligro la morada del canto

donde vive ese niño que ahora tiembla,

herida la garganta

al descubrir la sombra de la muerte

anhelando morder esa envoltura

que ahora reconoce, a ciencia cierta,

de la piel del tomate.

Sabe ahora  que nunca tiene refugio cierto

el alma del poeta.

Isabel A. M. Miralles

 

 

 

 

 

 

 

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