LA MONTAÑA

A quién no le ha ocurrido alguna vez

eso de ver una montaña

delante de los ojos.

Una montaña que penetra

con el mayor derecho el pensamiento

y se instala en el tálamo

y hasta copula con meninges,

besa su hendidura y te convence

de que fue consentido por tu parte.

Nada puedes hacer. Tiene razón.

Has atizado el fuego con tu lógica

y ahora que al fin se hace posible

tener una visión más acertada,

los caminos se tornan vulnerables,

laa distancias no encuentran el compás

y el humor vítreo persigue al acuoso.

Temes,quizás,  que llegue una demanda

proveniente del cosmos,

de una galaxia oblicua,  inconveniente,

acaso un flash almidonado de esperpentos

que te atrape en un mundo sin sentido.

La sorpresa te llega como abrazo.

Nada de eso rondaba tu equilibrio.

Abrazas como oso y lloras como niño.

Una luz grande y nueva ocupa tu cerebro.

También ha desaparecido la montaña.

Isabel A. M. Miralles

 

 

 

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